El amanecer siempre aparece con el llanto fresco y el olor inocente de un bebe recién nacido. Todos los orígenes tienen un perfume de hospitalidad,
rehacen la novedad inefable de una búsqueda de sonrisas vivas, como una rosa mojada de rocío mentolado entre las manos de azahar.
El silencioso y profundo Universo te da la bienvenida a la existencia, te regala el pensamiento, la voluntad, el sentimiento y tu cuerpo de posibilidades, y te da tu tiempo, te enseña, te imprime el tatuaje de la contingencia en tu propia carne.
El día va creciendo adolescente, joven, fuerte, seguro, alegre, veloz y dinámico, el tiempo parece un siempre lleno de divinidad, un cuerpo de armonías deseosas de amor puro, como la flecha que sale de su arco hacia unos sueños que esculpen los deseos íntimos que dirán lo que iré siendo entre bambalinas. Vivir es una espiral de ida y vuelta y vuelta a empezar a comprender mi paso humilde por lo real.
Y al medio día viene una trágica y sorpresiva pregunta: ¿cumplí con la resonancia de aquella llamada que me susurraba impaciente: pudiste ser lo que quisiste ser? el sol se endurece cuando nos acaricia con su luz, y nos ralentiza el camino entre sudores, todo se responsabiliza en la seriedad de nuestros síes, los fracasos comienzan a tejer lágrimas ocultas que nos roen la tierna intimidad frágil de nuestros sentimientos. La belleza del horizonte se hace translúcido, y comienzan las voces que te dicen que el tiempo se acorta y tu cuerpo se endurece, y tu piel se hace desierto, y tus límites inician una desesperación que ralentizan tus labios hacia el gesto convexo.
Llega la adultez, movimiento hacia sí mismo, lento, maduro, mirando hacia atrás porque ya en el tiempo se han escrito los versos con sangre de heridas frescas, todo va tomando su cauce, su orden, su madurez, y su sosiego tintineante, conciencia de que el vivir va perdiendo su larga distancia con el horizonte inacabable, como una batalla perdida en alta mar donde esos mismos horizontes se curvan poco a poco hasta mirarse sin reconocerse…
Atardecidos los cabellos canos, vienen los escalofríos calmados de la noche agnóstica, donde todo lo que queda de mi va sentándose junto a la chimenea de los últimos suspiros para admirarse y asombrarse de cómo la leña se transforma en una calmada ceniza de anhelos y en un humo que asciende a una esperanza dudosa, un temor diseminado, no sé cómo decirme adiós y saludar a ese nuevo mí mismo que se ignora.
Poco a poco, la luz va perdiendo su brillo, brota la penumbra y se hace la noche, y como no, la luna se hace compañera, hilo de luz prestada para dar los últimos pasos hasta mi despedida.
Lo que soy se va endureciendo, consumiendo en el decir y en el hacer, perdiendo la brújula de mi conciencia, todo lo real huye, se encierra, y se refugia en mí, echo el cerrojo de mí mismo y dejo a todos mi beso de despedida, no dejo ninguna dirección porque no sé a donde he de partir, creo que me llevan y no sé quien me lleva, solo divago la ignorancia…
Os digo adiós, hasta pronto, nos veremos en el no sé donde de mi durar, en el no saber, en el no querer, en el no ser, en el no hacer, en la muerte, en el sí amar de todo misterio desconocido…,
retornando al origen de donde vine antes de aparecer en la existencia: "el trastero silencioso de lo inexistencia escondida".
JMGU
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