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domingo, 14 de abril de 2019

Desde la suave intimidad  de mis lágrimas,
siempre creía haber sentido las caricias
invisibles de la ternura de Dios intangible.
Desnudo entre besos de romero me despedí
de todos los sueños temblorosos de carne.
No me avisaste del rotundo fracaso de los sordos,
de los que escuchan las esperanzas eternas,
que desembocan en las hieles de un desierto,
que se retuerce en la soledad envenenada.
Toda una vida para el holocausto de la nada,
solo sonrío cuando la lluvia repica en mi amargura,
solo sonrío cuando los otros me miran y desaparecen,
solo sonrío cuando en la locura de lo imperfecto
crecen en territorio hostil las flores más bellas.
A media vida de camino incierto, lloro sin lágrimas,
sonrío con las estelas de mi corazón desafinado.
Y a pesar de todo, siempre queda alguna verdad deshilachada,
en el costurero del universo que te consuela con su belleza,
amar a cada ser humano entre los riscos del odio cruel,
amar el nombre de una mujer aunque solo sean versos.
Sorbo a sorbo, del aguardiente del tiempo herido,
dejaré pasar los días desfigurándome para morir en paz.

JMGU

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